El
peregrino afronta esta etapa del Camino de Santiago en la que
se entra en Galicia atemorizado por el perfil que presenta.
No es para menos. En los últimos ocho kilómetros
se salva un desnivel de 690 metros. Pero en el camino no sirven
los baremos estadísticos establecidos al uso, y así
suele ocurrir que este duro tramo acaba siendo uno de los que
el peregrino guarda un mejor recuerdo, uno de los más
gratificantes. La espectacularidad del paisaje, la sensación
de sentirse ya a las puertas de Compostela (aunque aún
quede un buen trecho) y el impacto que provoca la llegada a
O’Cebreiro compensan el esfuerzo de ascender a estos montes,
los más temidos por Aymeric Picaud.
El camino desciende desde la Iglesia de Santiago por la calle
Salinas para enfilar la señorial calle del Agua. Al final
de ésta, antes de llegar a la Colegiata, nos desviamos
a la derecha para cruzar el puente sobre el río Burbia
y situarnos a orillas del río Valcarce, río que
seguiremos casi hasta la misma cumbre del Cebreiro.
A la altura del Convento de la Concepción hay un puente
que cruza el Valcarce para enlazar con el nuevo trazado de la
N-VI. Nosotros seguiremos por el trazado antiguo, que transita
por la vertiente izquierda del río durante dos kilómetros,
hasta el punto en el que confluyen las dos vías. A partir
de aquí, siempre a la orilla del río, continuamos
el ascenso por el ancho arcén de la carretera que discurre
por el valle de Valcarce.
Hay que tener cuidado con unas flechas amarillas, que a la salida
de Villafranca indican hacia arriba, por el Camino de la Luz,
marcadas por el amigo “Jato” y que te manda por
la cima de los montes, con unas rampas no aptas para “personas
normales”, eso sí, tiene muy buenas vistas, si
es que está el día despejado; de todas formas
es una opción que yo no aconsejo, ya que se tarda una
hora más para llegar a Portela, lugar en donde se une
otra vez al camino
Río y valle reciben el nombre de Valcarce no por casualidad.
Empinadas laderas pobladas de castaños y carballos (así
se denomina al roble en Galicia y así lo denominaremos
nosotros a partir de aquí) encajonan y dan sombra al
camino que se abre paso por el angosto fondo del valle aprovechando
el curso fluvial. Aunque administrativamente el límite
territorial entre Galicia y Castilla León se sitúa
en el Alto de O’Cebreiro, el límite natural lo
marca Villafranca. A partir de aquí la gente habla gallego
y tanto la arquitectura popular como las costumbres, e incluso
el propio paisaje, denotan la estrecha ligazón que mantienen
estas tierras con las situadas en la vertiente oeste. De hecho,
los pueblos de este valle pertenecieron a la diócesis
de Lugo hasta 1953.
Sobrepasado el punto kilométrico 410 de la N-VI, la abandonamos
de momento, para, siguiendo al antiguo trazado, entrar en Pereje.
5'00 Pereje.-
Ofrece al peregrino un albergue particular, de 30 plazas, con
jardín, barbacoa, y aseos con duchas de agua caliente.
En invierno hay que pedir las llaves al hostal de Trabadelo.
Pronto volvemos al nuevo arcén para, tres kilómetros
después, volver a desviarnos a la derecha por la antigua
carretera, bastante deteriorada, en esta ocasión en dirección
a Trabadelo.
11'00 Trabadelo.-
A
la salida de Trabadelo se asciende una pequeña colina
en la que estaba enclavado el Castillo de Auctares. El descenso
de esta loma nos sitúa de nuevo en la N-VI, en uno de
esos lugares en que río y carretera se entrecruzan como
disputándose el escaso espacio disponible en el fondo
del angosto valle.
A la altura del punto kilométrico 418, parte por la izquierda
el desvío a Portela.
16'00 Portela.-
Localidad que atravesamos para volver a la carretera apenas
un kilómetro después.
17'00 Ambasmestas.-
En
este pueblo el camino abandona definitivamente la actual N-VI,
que asciende directamente a Piedrafita do Cebreiro, mientras
que nosotros continuaremos por el trazado antiguo en el que
el tráfico es prácticamente, inexistente.
Superado Ambasmestas, esta carretera continúa por una
zona de bosque mixto de chopos, castaños y carballos.
Siempre por la derecha, por encima de nosotros, los gigantescos
viaductos de la N-VI.
A tres kilómetros del desvío encontramos Vega
de Valcarce, el pueblo más grande del valle y sobre el
que se asientan las ruinas del Castillo de Sarracín.
18'00 Vega
de Valcarce.-
En las antiguas escuelas, hoy también Casa de Cultura,
se ha habilitado un albergue para peregrinos que dispone de
60 literas y duchas con agua caliente. Es el penúltimo
refugio hasta el alto del puerto. De todos modos, en cualquiera
de las aldeas que encontraremos a lo largo de la ascensión
se encuentra cobijo para el peregrino en caso de necesidad.
Los poblados se suceden rápidamente en este pequeño
ensanchamiento del valle. El más mínimo llano
es aprovechado por los lugareños como huerta o terreno
para pasto. Durante el otoño resulta impresionante contemplar
la cantidad de matices que ofrece este paisaje, desde los verdes
prados del fondo hasta los infinitos tonos ocres del bosque
caducifolio y, si hay suerte, el blanco de las cercanas cumbres.
A un kilómetro de Vega de Valcarce está Ruitelán.
20'00 Ruitelán.-
Continuaremos
caminando y a dos kilómetros encontramos Herrerías.
21'00 Herrerías.-
En
este pueblo nuestro camino deja definitivamente la carretera
para, a la altura de un mesón, adentrarse a la izquierda
por una pista asfaltada conocida como Camino a la Faba.
El pequeño barrio que queda a la salida de Herrerías
aún lleva el nombre de Hospital de los Ingleses.
Pasado éste, cruzamos de nuevo el río Valcarce
(a estas alturas todavía riachuelo) por un puente de
cemento y afrontamos ya los primeros repechos duros del ascenso
al Cebreiro. El encajonado valle se abre un poco en cada curva
y nos permite ver, literalmente colgados de estas abruptas laderas,
las pequeñas aldeas por las que ha de discurrir nuestro
itinerario. Visión esta que provoca en el peregrino una
confusa sensación, mezcla de temor y ansiedad.
Poco después de cruzar el arroyo de Lamas, que desciende
del puerto de Piedrafita, unos trazos amarillos pintados en
la parte izquierda de la calzada nos advierten de la existencia
de un camino cuya entrada no vemos pues parte en descenso por
entre pastos. Dejamos el asfalto para tomar este camino que
desciende hasta el río y lo salva por un pequeño
puente, e iniciar el ascenso por la vertiente contraria del
valle.
Los primeros 500 metros son duros y espectaculares. El bosque
de robles, castaños y nogales forma una bóveda
sobre el Camino que provoca que éste permanezca humedecido
durante buena parte del año.
Durante los meses de otoño un manto de hojas tapiza este
trecho de la Ruta, confiriéndole un aspecto casi encantado.
No resulta difícil imaginarse a los antiguos druidas
recorriendo estos parajes y hay lugares en los que el encantamiento
llega hasta tal punto que incluso una familia de gnomos tendrían
perfecta cabida en tan bucólica escena.
Si en otros lugares resulta francamente fastidioso tener que
recorrer algunos tramos, aquí el peregrino puede tomárselo
como un verdadero deleite. Poco a poco la pendiente disminuye
y la superficie del camino se hace más regular. El bosque
se abre y da paso a las primeras huertas. Estamos ya a la entrada
de La Faba.
24'00 La
Faba.-
Al contrario que en la mayoría de los pueblos la iglesia
está en la parte baja del pueblo y las casas en la parte
alta. Seguimos ascendiendo por la calle central y pronto se
cruza la carretera que viene desde Herrerías. A la salida
nos espera otro duro repecho empedrado de no más de 150
metros para continuar después por un cómodo camino.
El bosque ha desaparecido por completo y se puede ver ya con
nitidez la redondeada cumbre de O’Cebreiro. Sólo
los tojos y las retamas (aquí llamados toxos y xestas,
como bien me apuntan) perfilan un horizonte en el que, hacia
el norte, se recortan las siluetas de las antenas de Televisión
y los repetidores de Telefónica instalados en una cima
cercana. Varios caminos parten a uno y otro lado de nuestra
ruta. Aunque no hay muchas flechas, es imposible perderse; la
dirección es siempre la misma: hacia arriba.
Antes de afrontar el tramo final del ascenso hemos de dejar
atrás el último poblado leonés, Laguna
de Castilla.
26'00 Laguna
de Castilla.-
Tiene
un albergue en una casa rehabilitada con capacidad para 14 personas,
abierto solo en verano. En este poblado tomamos contacto por
vez primera en nuestra ya larga travesía con un elemento
que va a ser constante en la mayoría de las aldeas de
Galicia; se trata de un barrillo especial que se forma en sus
calles, especialmente a la entrada y a la salida de las mismas.
Este barro nada tiene que ver con los que el peregrino habrá
tenido que padecer en su trayecto hasta las puertas de Galicia.
Se trata de una masa semi-compacta formada por la tierra de
los caminos, excrementos animales y los desagües de casas
y establos; todo ello convenientemente compactado por el continuo
paso de la ganadería por estas cañadas. Su escasa
densidad no impide que el peregrino pueda cruzar estos tramos,
pero sí que los hace sumamente desagradables, pues en
ocasiones sobrepasan los 10 centímetros de espesor.
Salimos de Laguna de Castilla por un buen camino de tierra,
dejando a la derecha una pista asfáltica que asciende
hacia el norte. Un kilómetro después el gigantesco
Mojón Os Santos, de piedra colocado a la vera del camino
nos advierte el final de Castilla-León, y que entramos
en Galicia.
En este punto, el camino que seguíamos se bifurca. Por
la derecha asciende a la cercana carretera. Nosotros seguiremos,
por la izquierda, un camino de tierra con mediana de hierba
que, a media ladera, nos conducirá hasta la misma entrada
de O’Cebreiro.
28'00 O’Cebreiro.-
La Xunta de Galicia ha construido un moderno albergue a la salida
de O’Cebreiro con capacidad para 80 personas. Dispone,
además, de duchas con agua caliente, cocina, sala de
estar y caballerizas.
Quienes lo prefieren pueden seguir disponiendo de la austeridad
de las milenarias pallozas en las que el peregrino sólo
encontrará unos pequeños fardos de paja con los
que acomodar el lecho.
Aymeric Picaud, tan poco proclive a los epítetos elogiosos,
escribe sin embargo de Galicia que “es una tierra frondosa
con ríos, prados, de extraordinarios vergeles, buenos
frutos y clarísimas fuentes; pero escasa en ciudades,
villas y tierras de labor. Es escasa en pan, trigo y vino, pero
abundante en pan de centeno y sidra, bien abastecida en ganados
y caballerías, en leche y miel, y en pescados de mar
grandes y pequeños, rica en oro, plata, telas, en pieles
salvajes y otras riquezas, y hasta muy abundante en otras mercancías
sarracénicas. Los gallegos son el pueblo que, entre los
demás pueblos incultos de España, más se
asemejan a nuestra nación gala, si no fuera porque son
muy iracundos y litigiosos”.

Plano de la etapa

